UNA SEMANA EN RÍO DE JANEIRO

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Cuando allá por 1934, André Filho compuso la marcha carnavalera Cidade Maravilhosa jamás imagino que se convertiría en el lema de su Río de Janeiro ni, mucho menos, que su melodía sería entonada por las hinchadas argentinas para putear al árbitro de turno al compás de “Fulano, hijo de puta, la puta que te parió, Fulano, hijo de puta, la puta que te parió”. Pero ese es, nunca mejor dicho, otro cantar. Lo cierto es que tal como describe Filho, Río está llena de mil encantos, es cuna de la samba y de corazones que cantan alegremente. 

Brasil, la la la la la la.

Al aterrizar de madrugada en el aeropuerto, con Lucía buscamos sin éxito un cartel que diga nuestros nombres y nos conduzca al hostel de Copacabana. Quien nos llevó hasta allí fue Jefferson, un taxista torcedor del Flamengo y uno de los 57 millones de votantes de Jair Bolsonaro. Durante el camino, Jefferson señalaba algunas postales apagadas de Río que veríamos mejor los días siguientes mientras avisaba que con Bolsonaro no habría término medio: la gloria o el ocaso. Si habría gloria, soñaba con mudarse a la calle arbolada donde estaba nuestro hostel. La calle Santa Clara desemboca en la playa de Copacabana y conserva intactas las millones de piedras que conforman las veredas blancas y negras típicas del barrio. Hasta allí fuimos después de recuperar unas horas de sueño.

Si uno piensa en Brasil casi inexorablemente piensa en sus playas repletas de garotas paseando por la orilla del mar mientras los garotos juegan al fútbol.

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Al estar tan cerca, la playa de Copacabana fue la que más visitamos. Particularmente, también fue la que más disfruté, sobre todo los primeros días donde el mar lucía bastante transparente y el oleaje suficientemente intenso como para revolcarse un buen rato. En la praia de Copacabana entran dos millones de personas. Literal. Esa cantidad de personas convocaron el Papa Francisco en 2013 y sus majestades satánicas, los Rolling Stones claro, en 2006.

Una arena ni muy fina ni tan gruesa alfombra las playas de Río de Janeiro. Por esa alfombra caminan, a lo largo de tantísimos kilómetros, un sinfin de vendedores ambulantes que ofrecen desde choclos hasta lentes, pasando por pareos, parlantes, selfie sticks, caipis, pelotas y, en voz bajita, marihuana.

Ipanema y Barra de Tijuca fueron otras de las playas sobre las cuales tiramos la lona. Ipanema más familiar, con un oleaje más tímido que en Copacabana; mientras que en Barra de Tijuca, aún más calmo el mar e inclusive también la gente menos alborotada que en la popular playa de Copa.

En Río no se juega con paletas y mucho menos al tejo. Hombres y mujeres se arriman a la orilla a jugar al fútbol. Pero no improvisan arcos armados con mochilas o sombrillas, no. El juego por excelencia es el de hacer toques sin dejar caer la pelota. Debo admitir que no me sumé a ninguno de esos juegos no por falta de ganas sino por miedo al ridículo.

Me voy para otro lado, acompáñeme… A esta hora, usted sabrá, el sol pega fuerte y me olvidé el protector solar en el hostel. Venga, vámonos.

Josefa, carioca de corazón.

Ya con un día de playa encima, aprovechamos una mañana para conocer el centro de Río de Janeiro. Lo hicimos a través de un Free Walking Tour conducido por Josefa, una señora que sin ser docta en historia nos pintó un paisaje interesante de los albores de la cidade maravilhosa.  Josefa había nacido lejos de Río de Janeiro, pero decía ser carioca de corazón. Llegó, se enamoró, formó una familia y caminó miles de veces las calles que estrenábamos nosotros.

A los pies del Teatro Municipal, esa repliquita parisina, nos contó de Pedro II, el pequeño emperador que creció jugando al solitario, fundó escuelas por doquier, se carteó con Nietzsche y Lewis Carroll,  probó el teléfono con Graham Bell, le dio para adelante con la ley de vientre libre y se tomó el buque cuando el pueblo pidió a los gritos y con un par de tiros que era hora de la república.

También paseamos por un parque recuperado por la intervención del Estado tras haber funcionado como cueva de tranzas y cenicientas de saldo y esquina. Allí nomás, tras cruzar una avenida se esconde la famosa escalera de Selarón, esa que tiene mil piezas de cerámicos de otros tantos colores. Lamentablemente y por motivos que aún se desconocen, al bueno de Jorge Selarón se la mandaron a guardar una noche de 2013 en la misma escalera a la cual le dedicó sus mejores años, meta pintar y pegar mosaicos a lo largo de los 215 escalones y los 125 metros de alto que tiene la escalera.

De ahí, a los Arcos de Lapa. Esta construcción supo ser un acueducto y ahora funciona como puente por donde corre un humilde tranvía que conecta con el barrio de Santa Teresa. Este lugar, ahora más vulgar, supo ser el refugio de las narices más paradas de Río de Janeiro cuando la ciudad sucumbió a las pestes y al hedor de pantanos infectados por los mosquitos mais grandes do mundo.

El tour con Josefa nos tenía preparada una sorpresa. En un centro cultural de Lapa hicimos un alto para recibir las bondades del aire acondicionado e improvisar una clase de samba. Josefa no había salido en ninguna escola do samba y se notaba. Pero con entusiasmo nos contó algunas gemas del carnaval, no más largo, pero sí más alegre del mundo. Si bien el carnaval nació como fiesta subversiva, en Río como en Montevideo y en otros lugares donde se festeja fuerte, actualmente la fiesta popular está atada a reglamentos estrictos. En el sambódromo, diseñado por Niemeyer y al cual conocimos de reojo desde la ventana de un taxi, sólo acceden las 12 mejores escolas que recorren los 700 metros para que los jueces, que cometen el estúpido delirio de juzgar el arte, hagan lo suyo mientras la gente goza esa fiesta de los ojos que la ven y las patas que la bailan.

La última parada fue la Catedral Metropolitana, un gigante de cemento que por fuera es espantosa pero por dentro tiene unos vitrales que le otorgan un particular encanto a los feligreses que comulgan y a los turistas que posan para la foto.

Cristo Redentor, maravilla del mundo moderno.

WhatsApp Image 2019-02-02 at 19.07.12Dos subtes, un colectivo, un tranvía y unos cuantos escalones nos pusieron en la cima del Cerro Corcovado, por ende, a los pies del Cristo Redentor. Si bien uno puede ver el Cristo Redentor desde muchísimos puntos de la ciudad, debido a su altura y su enclave, nada como estar ahí mismo. Además, a la inversa, uno puede ver casi todo Río de Janeiro desde los juanetes de esta estatua: el Maracaná, la Catedral o la ensenada de Botafogo.

Entre el pedestal y su cuerpo, el Cristo tiene casi 40 metros de altura y desde 2007 es considerado una de las 7 maravillas del mundo moderno. Valiéndose del fervor religioso que su figura emana, todos los turistas piden por el mismo milagro: sacarse una foto digna para el Instagram donde no se vea otro turista haciendo la cruz. Menuda tarea. No es por presumir pero habrán visto la foto que ilustra esta nota. Ejem ejem…

Algunos detalles que no están en ninguna postal y pueden ser útil a quien está perdiendo el tiempo leyendo esto: la entrada cuesta 79 reales, además de subir en el tradicional tranvía también hay camionetas que suben sinuosos caminos que conducen al Cristo. Si uno va con tiempo (y con la billetera de Daniel Angelici) bien vale la pena tomarse una caipirinha en los bares que están debajo de la estatua y poseen unos miradores asombrosos. Además, funcionan arriba un par de negocios que venden merchandising oficial de la maravilla del mundo mientras por la puerta corretean monitos que se alzaron con las sobras de una hamburguesa que dejó un turista alemán.

Maracaná, o mais grande do mundo.

unnamed (5)Sentado en una butaca de la platea oficial del Maracaná me puse a recrear las imágenes en blanco y negro de aquel 16 de julio de 1950. A Brasil le alcanzaba con un empate y venía empomándose rivales con la misma desfachatez que Macri a la clase media. A los jugadores uruguayos les habían dicho, sus propios dirigentes, que mientras no hicieran papelones estaban hechos. La historia es conocida: gol de Brasil, Obdulio Varela y la pelota bajo el brazo, protesta, los brasileros se calientan, les empatan y cuando se terminaba el asunto aparece Alcides Ghiggia allá, mirá Lucía, ¿Lo ves? Viene corriendo hacia ese arco, la toma por la derecha, recorta y patea al primer palo. El arquero era Moacir Barbosa, el primer arquero negro que tuvo Brasil. Se hizo la fama atajando en el Vasco da Gama y era bueno de verdad pero esa no la sacó. Y le hicieron la cruz. Chivo expiatorio de una tragedia nacional. Acá adentro había 200.000 personas. El velatorio más grande del mundo.

Memorias del olvido, Brasil no borra ese recuerdo y lo mantiene estoico en la sala principal del Maracaná. Un mural alegórico al Mundial de 1950 retrata partido a partido la campaña de la Celeste. Además, en el salón de estrellas, yacen las huellas del mismísimo Ghiggia.

Un rato antes, habíamos pasado por el vestuario donde Lionel Messi y la selección de Sabella se ataron los cordones para salir a jugar la final del mundo contra Alemania. Bajamos por los mismos escalones que lo hicieron ellos a la par de Lahm, Neuer y Gotze. En Maracaná también hay retazos de la historia más rica del fútbol mundial. Los botines de Garrincha, la pelota con la que Pelé hizo el gol mil de su carrera y la camiseta que usó Zico en una de sus tantas galas a cielo abierto, se exhiben ahí junto a otros tesoros.

El Gato Dumas era brasilero

Durante mi semana en Río llevé una alimentación más anarca que el mismísimo Miguelito Bakunin. Me entregué, más fácil que Boca con River, a los manjares cariocas. Meta feijoada, camarao y porquería, pasé una semana dándole al diente sin prisa ni pausa. Todavía sueño con ese arroz con porotos negros, esos camarones camuflados en cuanto plato pidiera y la feijoada que comí en la última cena.

Una noche, nos convocamos a darnos la muerte con Lucía en un rodizio de pizza. Uno se sienta, se pide algo para tomar y ve un desfile de mozos con pizzas recorriendo el restaurant. Se acercan, dicen de que va la pizza, y uno acepta o rechaza. Así, hasta rabiar. En una competencia que resultaría claramente desleal nos dedicamos a contabilizar quien se manducaba más porciones. Tras haber ingerido 9 (en su mayoría de camarones), creí haber derrotado a mi contrincante. Sin embargo, en un inesperado giro de los acontecimientos, los mozos comenzaron a traer pizzas de chocolate, frutillas con crema, dulce de leche y otras asquerosidades a las cuales me negué rotundamente pero que me relegaron al último puesto de la tabla de posiciones de comensales.

Se sucedieron los días y en tiempo de descuento salimos a probar la feijoada. Más vale tarde que nunca probé esa gema deliciosa de la gastronomía brasilera. La feijoada es popular y sencilla, por ende, debe ofender a las narices paradas de la cocina que ven mucho Master Chef pero bien les vendría un chori de cancha o una pizza de Avenida Corrientes. Tan simple como potente, este guiso de frijoles con carne de cerdo acompañadas por arroz y farofa, tiene su origen en plantaciones donde los esclavos laburaban y comían las sobras de los terratenientes. Así, entre huesos y resquicios se comenzó a cocinar la historia de la feijoada.

Era de tardecita y estábamos en un bar de la avenida Atlántica. Sonaba esa que dice “Olha que coisa mais linda, mais cheia de graça”, cuando una doña de ochentaitantos se paró a bailarla y me invitó a practicar mis bochornosos pasos de samba con ella. Estaba con Lucía tomando una caipirinha tras haber estado en la praia do Copacabana con mar de fondo, muchas algas y pocas olas. Dudé pero acepté el partido. Los mal pensados comentaron en mis redes sociales que quise averiguar cuanto había de herencia. Hubo quienes rieron, como ríen ellos los brasileros, así sin más. Yo me divertí en esos instantes como un niño que juega sin saber que está jugando.

Para paliar las altas temperaturas de un enero en Río de Janeiro nada mejor que una buena cerveza o, mejor aún, una caipirinha. Fresca, fuerte y alegre, la caipi es el trago por excelencia. Se puede tomar una al paso donde el vendedor sirve la cachaza y le suma lima, azúcar y hielo. O bien, como hicimos, sentarse a escuchar a los tantos artistas brasileros que son contratados por los bares de la avenida para tocar clásicos de Caetano Veloso, Gilberto Gil o Vinicius de Moraes. Sírvase una, hoy invito yo, no me vaya a despreciar. ¡Salud!

Zé Pequeño y Zanahoria: tangana, apriete y explosión.

Vimos en Río de Janeiro un par de pinceladas de Ciudad de Dios, sin mercas ni chumbos pero con notable entusiasmo.

Era una noche de ensueño en Copacabana, caminando de la mano con Lucía, un garoto tocaba Música Ligera, la caipirinha se vendía bien y los vendedores ambulantes remataban los últimos llaveros del Cristo Redentor. De pronto, se armó una memorable batalla campal cerca de la orilla. Cintazos, trompadas, arrebatos y un pichón de King Kong azotando muñecos con el palo del cual cuelgan las banderas que anuncian si usted puede meterse al mar tranquilo o temeroso. Para variar, no pudimos comprender que explicaban los pocos entendidos que contemplaban la escena cerca nuestro.

Otra. En Barra de Tijuca, esperando el colectivo que nos devuelva a Copa, un transeunte se bajó de un auto con unos papeles en la mano y se dedicó a increpar al dueño de un barcito. Le pegó un par de trompadas a la barra del bar, incomodando a la clientela más que al dueño. Se subió al auto, pero no conforme regresó a proferirle unos improperios que, perro que ladra no muerde, no derivaron en piñatas.

Por último, fuimos al Botafogo Shopping en búsqueda de otro objeto para llevar de regalo que no sea la tradicional, barata y cómoda caja de Garotos. Mientras veíamos un sin fin de Havaianas, se comenzaron a escuchar gritos y corridas por los pasillos. Los locales empezaron a bajar sus persianas y el shopping lució como un escenario ideal para filmar The Walking Dead. Al cabo de unos minutos, con la amenaza presuntamente disipada, los comercios levantaron sus persianas y un par de cariocas presurosos decían fogo, fogo. Una chica, hispano parlante, balbuceaba en estado de shock que alguien se había prendido fuego y que no se qué más. Sin embargo, nada parecía haber ocurrido. Ni una ambulancia, ni gritos, ni llantos. Nos enteramos días después a través de un diario argentino: en el patio de comidas una explosión en una parrilla había desparramado una ola de fuego a los comensales más próximos y cuatro personas sufrieron quemaduras graves.

Bonus Track: una escapada a Angra Do Reis.

3 horas de colectivo para ir, 6 horas a bordo de un barco pirata y otras 3 horas de viaje de vuelta. Eso comprendió, en su dimensión temporal, la escapada inolvidable a ese paraíso de 365 islas que aparecen en numerosas series y películas. Por una suma de 150 reales, te pasan a buscar, te dejan en el puerto de Angra, te suben a un barco, te cantan samba, te sirven pollo y pescado con arroz y frijoles y te invitan a tirarte a nadar con peces de colores o a bajar en playas de ensueño.

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La excursión a Angra fue increíble. Las cuatro paradas que hace el barco bien valen la pena un chapuzón, algunas solamente por disfrutar el color y la temperatura del agua, o bien para mezclarse en la maraña de peces que nadan en la Laguna Azul.

Tan tostados como cansados desandamos los 150 kilómetros que nos separaban de Río de Janeiro. La promesa de un regreso se sentó en el asiento de al lado.

 

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LOS 10 MEJORES LIBROS QUE LEÍ EN 2018

Este año le robé muchas noches a Netflix para dedicarle un rato a la lectura. Es así que en 2018 pude leer muchos libros y aún sigo en eso (días atrás comencé a leer Doce Noches, de Ceferino Reato). Fui anotando, en una pequeña libreta, todos los libros que iba terminando, con su respectiva cantidad de páginas. Fueron en total 31 libros, 7.120 páginas, 28 autores y una gran variete de temáticas. A continuación, les comparto los 10 que más me gustaron:

  1. Patria, de Fernando Aramburu.

Sin dudas fue el libro que más me gustó de los que leí durante 2018. Esta obra logra abrir las puertas de la dimensión humana ante un conflicto político, social y cultural de la magnitud que tuvo el apogeo de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) en el País Vasco. El abanico de personajes que ofrece Aramburu permite explorar el impacto desde diferentes ópticas. 642 páginas hacen a este librazo.

2. Aquí sólo regala perejil de Luis Luna Maldonado  

Esta novela trata de un colombiano que se sienta en un bar de Barcelona a contar cómo llegó a esa ciudad y por qué ahora le toca volver con la cola entre las patas a su país natal. Mezcla contrabando, amor, mestizaje y un lenguaje y ritmo narrativo interesante hacen de esta novela un entretenido paisaje donde la Sagrada Familia, un cabaret de Cúcuta o el más oscuro calabozo pueden ser la propia patria.

3. Herr Pep de Martí Perarnau.

Es una crónica al interior del primer año de Pep Guardiola como entrenador del Bayern Munich. El trato fue así: Guardiola le permitió al autor que lo acompañe durante un año con la promesa de no spoilear nada hasta que termine la temporada. Cuando esta terminase, el podía publicar todo. La promesa fue cumplida y el libro es una colección de momentos tan trascendentes como cotidianos en el mundo Guardiola.

4. El Clan Puccio, de Rodolfo Palacios.

El mérito de Palacios no es contar la famosa historia del criminal Arquímedes Puccio y su clan. El mérito está en que Palacios se tomó unos cuantos mates con Arquímedes para poder contar lo que cuenta en el libro. Además, logra entrevistar a familiares de víctimas del clan de San Isidro, armando un rompecabezas muy completo de ese horroroso compendio de asesinatos y secuestros tras la fachada de una familia ideal.

5. Querida Ijeawele, de Ngozi Adichie.

Esta obra es un gran compendio de consejos.Creo que son 15. Tan cerca de la sutileza de quien enseña sin quererlo, tan lejos de la arrogancia de quien sabe que con la verdad no ofende ni teme.

6. La fragilidad de los cuerpos, de Sergio Olguín.

Esta historia tuvo su lugar en la pantalla grande de la televisión argentina con Eva de Dominici como principal actriz. La historia es la de una periodista de investigación que al querer vender la historia de tapa de su revista, termina involucrándose de cuerpo y alma con el conflicto que logra desentrañar. Vale su lectura.

7. Maldito United, de David Peace.

Esta novela narra los 44 días que duró Brian Clough como entrenador del Leeds United. El sucio y maldito Leeds, que venía de dominar Inglaterra entre fines de los 60 y albores de los 70, recibe con los brazos cerrados al ascendente entrenador Clough. Los días en el club que ahora dirige Marcelo Bielsa fueron un verdadero infierno nada encantador por cierto.

8. Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortazar.

La dosis anual de Cortazar no podía faltar. En esta obra, clásica por cierto, aparece La Autopista del Sur. Allí, un narrador testigo cuenta un embotellamiento increíble donde el tiempo y lo real se vuelven incuestionables por la fuerza del relato. Después de este cuento imperdible, encima, de yapa, hay otros 7 más.

9. Cerrado por fútbol, de Eduardo Galeano.

De ningún autor, leí tanto como de Galeano. Este libro es otro compendio. Tal vez sólo una excusa para poner en las marquesinas al montevideano. Por eso lo leí. Pero cierto es que para leer a Galeano no hace falta excusa. Ninguna. Nunca.

10. El crimen perfecto – Álvaro Abós.

El título sería bastante ambicioso si no fuera porque es una selección de grandes cuentos policiales de autores argentinos. Para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero aquí hay un libro de esos dignos de tener una oportunidad en alguna sala de espera o colectivo.

EL RECOMENDADOR SERIAL IV

Y un día volvió el Recomendador Serial. Con una historia que ilustra los tiempos que corren, con una serie libre de spoiler, con un libro para llevarse de vacaciones, con una frase para pensar y una canción para ver de que se trata la composición en décima.

Adelante, sabe usted que la entrada siempre fue gratis. Sigue leyendo

LA CHASCONA

Érase una tarde en lo de Pablo Neruda. Él no andaba por ahí pero era como sí.

A los pies del cerro San Cristóbal estaban sus delirios de navegante, los ojos cerrados del Chile que soñó,  sus libros traducidos a idiomas que jamás aprendió y una lapicera que supo empuñar para escribir esos sonetos que jamás leí.

Todo estaba intacto, vivo y porfiado. Yo también andaba así.

MEDIA TRAINING PARA CANDIDATOS

Si usted está pensando en candidatearse a algo, este es su momento. El año que viene se elegirán concejales, presidentes comunales, intendentes, gobernadores y presidente. Por eso, si cree que puede destronar a Macri o ser el sucesor de Lifschitz, tal vez estos consejos le vengan bien.

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C’EST FINI

“Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”, escribió Serrat seguramente un domingo después de la final de algún mundial. Claro, la fiesta más grande del fútbol ya es historia y habrá que esperar, escuche bien: 4 años… y medio más. Porque Qatar 2022 lo veremos sin buzo ni cuellera albiceleste sino con havaianas y tatuajes a la vista, ya que se jugará entre noviembre y diciembre. Sigue leyendo