FRAGMENTADOS

Cristina, Massa y Randazzo son las piezas de un fragmentado rompecabezas opositor en la provincia de Buenos Aires.

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DONDE DICE X, LÉASE Y

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Si Bart Simpsons escribiera en el pizarrón de la Escuela Primaria de Springfield, una y otra vez:”No debo decir que el lenguaje representa al mundo, sino que crea mundos”, tal vez le homologarían varias materias en la licenciatura en Comunicación Social. Si abandonamos la creencia que el lenguaje es un mero instrumento para describir un paisaje, un acontecimiento o una obra de teatro, podemos asignarle otras cualidades. Mejor hablemos del lenguaje como un obrero de la construcción que levanta mundos. A través de este se generan o se sepultan posibilidades y acciones , modelamos nuestra identidad así como también el mundo en el que vivimos. Lo modelamos guiados a través de predisposiciones que nos habitan así como también por intereses que nos movilizan. En el plano de la cultura y de lo simbólico se desatan luchas por el significado de la experiencia, de la vida misma y también del mundo. Hacia allí vamos.

Podemos comenzar por los mundos creados en la oscura década del 70 cuando las dictaduras militares reinaban en América del Sur en el marco del Plan Cóndor. Las mentes perversas que ejecutaron la última dictadura militar en nuestro país, al cercenamiento de libertades y la desaparición sistemática de personas lo bautizaron Proceso de Reorganización Nacional. La palabra subversivo se hizo más inclusiva que nunca y pasó a caracterizar no sólo al hombre de armas tomar o a los cerebros conspirativos sino también al delegado sindical o, simplemente, a un artista popular que como arma tenía una guitarra. La categoría del desaparecido, construida por Videla, es paradigmática: ese ser ya no es, no tiene entidad, no tiene cara. Al día de hoy se realizan afiches donde los desaparecidos son sombras, rostros contorneados sin ojos para mirar ni boca para contar.

En la vecina República Oriental del Uruguay, los subversivos eran cautivos y torturados en un penal que, ironías de la historia, se llamaba Libertad. Más acá en el tiempo y en Chile, el gobierno de Piñeyra quiso reescribir las páginas de los textos con los cuales se educan los jóvenes chilenos. Porque dictadura no les gustaba, quisieron que los chilenos aprendan que el gobierno de Pinochet fue una democracia sin elecciones.

Pero no sólo en los setenta la construcción de mundos mentidos y mentirosos estaba a la orden del día. A la actualidad le decimos los tiempos que corren cuando en realidad nos corren. Nos apura el llegar a casa para disfrutar el televisor que nos mira, nos apuramos por tener más cosas,  porque nos contaron que la felicidad, que está en un smarthpone, está al final de un camino y no en el caminar. Llamamos calidad de vida a la cantidad de cosas que podemos comprar y no a los abrazos que damos, las risas que compartimos o al tiempo que le dedicamos a las cosas que nos entusiasman. 

En el fútbol le llaman planteo inteligente al empate que se consigue de visitante y es vivo el que finge una infracción o se hace el lesionado para hacer tiempo. Mientras los hinchas quieren vueltas olímpicas, los dirigentes juegan el campeonato económico, algo así como la proeza de cerrar un balance que no escandalice a los socios de un club.

En la política también se inventan mundos perversos. Los que toman decisiones llaman pragmatismo al hecho de olvidarse principios y valores en el fondo del placard  y al derecho autoritario de despreciar lo que sancionan los legisladores le dicen veto. Los partidos políticos se enrolan en frentes electorales con problemas de fondo y hablan de coincidencias programáticas pero jamás en la vida se juntaron a debatir en un plenario. La juventud militante, otrora contestataria e incómoda para las autoridades, se babea  hablando de la estructura horizontal de sus espacios mientras acompaña las decisiones verticales que toman los que mandan porque así lo definió el partido. Y al hecho de decir que algo está bien, pensando aunque piensen que está mal le llaman disciplina partidaria, porque el deber de obediencia hace tiempo que le ganó a la libertad de conciencia.

Y en el presente de nuestro país, al exponencial incremento de tarifas y precios se lo llama sinceramiento económico y donde dice Lázaro Báez, léase Cristina Fernández de Kirchner.

-> Santiago Izaguirre <-